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El coraje de "las chicas del radio" cambi贸 las leyes de la seguridad industrial

El coraje de "las chicas del radio" cambi贸 las leyes de la seguridad industrial
  • Durante la Primera Guerra Mundial, unas 4.000 mujeres fueron empleadas para pintar los relojes de los soldados con radio, el elemento luminiscente recién descubierto. Las obreras trabajaban sin protección en medio del polvo brillante; incluso lamían las cerdas de los pinceles. El cáncer se cebó con ellas. 
  • De su calvario y su lucha trata el libro de Kate Moore, una historia de derechos laborales, riesgo radiológico y discriminación de género.

El ingreso de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial generó una extraordinaria demanda de relojes de pulsera para las tropas. Las maniobras nocturnas plantearon una exigencia adicional: que los militares pudieran leer la hora en la oscuridad. Gracias a el radio, elemento descubierto recientemente, esto fue posible.

Entre sus propiedades destacaba la radioluminiscencia, es decir, la producción de luz mediante el bombardeo con radiación ionizante. De la noche a la mañana surgió una pujante industria centrada en la fabricación de relojes luminiscentes. De lo que se convirtió en una tragedia para muchas de sus trabajadoras trata el libro Las chicas del radio de la escritora inglesa Kate Moore.

Conviene tener presente que, a comienzos de la década de 1920, una desbordante euforia radioactiva se apoderó de los países desarrollados. La sustancia descubierta por los Curie era saludada como fuente de vida y de energía. Debido a su fama de milagrosa esta se incluía en gran cantidad de productos como dentífricos, leches, maquillajes, suspensorios y mantequillas “radiactivas”.

Estas obreras ejecutaban su tarea con finos pinceles de pelo de camello. Recuerda Moore que, para afinarlos y pintar con precisión, chupaban sus cerdas periódicamente. De esta manera, absorbieron por vía oral dosis de radio letales.

Los primeros en advertir sus efectos fueron los dentistas ya que no se explicaban qué enfermedad estaba desintegrando las mandíbulas de sus pacientes. 

Poco más tarde, los tumores se manifestaron en otras partes del esqueleto; una tras otra morían sin que nadie acertara en el diagnóstico, pese a que en sus organismos se detectaron niveles de radiactividad mil veces superiores al máximo tolerable.

Luego está la crónica de riesgos laborales. Como ha sucedido tantas veces, las compañías buscaron escurrir el bulto: de entrada negaron el riesgo del cual eran conscientes, apoyándose en estudios fraudulentos encargados a médicos sobornados; luego apostaron por dilatar los juicios y, cuando tras 14 años de litigios fueron condenadas por negligencia, demoraron los pagos de las ínfimas indemnizaciones.

Pero pese a todo eso, a resultas del escándalo, se introdujo una legislación de seguridad industrial cuyos inmediatos beneficiarios fueron los miembros del Proyecto Manhattan.

 

Fuente: SINC

OTP
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